El señalar de forma permanente, estatuaria, el lugar en que ha sucedido un hecho notable, el recuerdo de un personaje, la justificada ornamentación de un espacio ciudadano; es una remotísima tradición.
Ya en la Biblia se lee (Génesis 28-18) que en recuerdo de un seño “Jacob se levantó de madrugada, cogió la piedra que le había servido de almohada, la puso en pie a modo de estela y (la ungió) derramó aceite por encima”.
Madrid, con mayor o menor fortuna, ha sido fiel a esta bella costumbre ciudadana y sus estatuas lo atestiguan de muy diferentes maneras, creando en su entorno urbano una peculiar fisonomía, bellísima como la que proporciona la estatua ecuestre de Felipe IV en la Plaza de Oriente, ejemplo excepcionalmente raro de solidaridad entre diferentes artistas, de la que se podría decir, que éste es el verdadero monumento a la coherencia unitaria del arte; alejada de divismos presuntuosos y egoístas.